No pertenecer a ninguna parte, ser extranjero aquí y allí, sentir que no compartes las raíces de tus padres y tampoco las de tus hijos. A menudo la falta de identificación social, territorial y cultural desemboca en el desarraigo personal.

Dentro de la campaña de sensibilización “Sin ir más lejos” de Córdoba Acoge plantearemos durante el mes de agosto una serie de cuestiones que nos ayuden a reflexionar sobre la situación de desarraigo social y personal que viven muchas personas inmigrantes que residen en España.

Según sus diferentes acepciones, el Diccionario de la RAE define “desarraigo” como la “acción y efecto de “desarraigar”; es decir de “extraer de raíz una planta” o de   “separar a alguien del lugar o medio donde se ha criado, o cortar los vínculos afectivosque tiene con ellos”. El desarraigo es una “enfermedad social” que sufren millones de personas que, por diversos motivos (guerra, pobreza, opresión, necesidad de optar a un proyecto vital mejor…)  se han visto forzadas a abandonar su país y su hogar, para emprender una vida en otro lugar del mundo, encontrándose en tierra de nadie, sin posibilidad de echar raíces en ninguna parte. El desarraigo acaba por convertirse en una espiral de desafección cultural y social, que condena a quienes lo padecen a no sentirse parte de ningún lugar, ni miembros de pleno derecho de ningún colectivo humano.

Invitamos a visitar la web y redes sociales de Córdoba Acoge en el mes de agosto, en las que expondremos algunas de las situaciones que se derivan del desarraigo asociado a los procesos migratorios, con la intención de que sirvan como base para la reflexión y contribuyan a generar opinión en nuestra sociedad.

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El desarraigo, según el Diccionario de la Lengua Española, significa: extracción de raíz de una planta o árbol y también, falta de interés o lazos con el entorno en que se vive, separar a alguien del lugar o medio donde se ha criado, o cortar los vínculos afectivos que tienen ellos.

El desarraigo es un sentimiento de no-identificación con la sociedad en la que el sujeto está inscrito y una añoranza por aquella en la que sí se sentía integrado. El desarraigo es una combinación de sentimientos encontrados.

En definitiva, todo se reduce a una cuestión cuasi-personal-social, el círculo que rodea al sujeto, la micro sociedad que se crea a su alrededor es la que determina su vida; es lo que condiciona la forma en que percibe la realidad y en cómo la asume.

“Un verdadero migrante sufre, tradicionalmente, un triple trastorno: pierde su lugar, entra en el ámbito de una lengua extranjera y se encuentra rodeado de seres cuyos códigos de conducta social son muy diferentes y, en ocasiones, hasta ofensivos, respecto a los propios”.

Con la experiencia de la inmigración se pone en juego una cuestión esencial en la vivencia de cada persona como es el sentimiento de pertenencia. “Desgarro”, “desarraigo” y “ruptura”, así como “volver a empezar”, “echar raíces”, “integración”, son palabras y expresiones que forman parte habitual del lenguaje empelado por los inmigrantes a la hora de narrar su propia vida.

FUENTES: “El desarraigo y la crisis educativa”. Máximo Andrés Rodríguez Pérez

“Figuras de errantes a este lado de la cosmópolis”. Lus Migrandi

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 Para entender lo que es el desarraigo nada mejor que un testimonio. Hace muy poco, Diego de 18 años, que acaba de  migrar de Buenos Aires, decía: “al principio cuando volvía a casa no podía entender cómo no estaba en mi cuarto, ese cuarto adonde volvía no tenía nada que ver conmigo, ¡como extrañaba mi cuarto!, ¡qué rabia me daba!

Más allá de los duelos que hace el sujeto que emigra, el extrañamiento, que más allá de la tristeza, puede generar un sentimiento de ataque a la entidad. Que a su vez puede provocar, como reacció, odio al nuevo hábitat y hacer fracasar un proyecto migratorio.

Diego: “un domingo de primavera soleado, de esos agradables. Bajo a buscar el diario, ya soy suscriptor de ese periódico. Me doy prisa, no por temor a que no esté, que me lo hayan robado, temor que seguramente tendría en Buenos Aires, sino porque las últimas ya están algo rotas. Llegando al kiosko me saluda el florista con quien intercambiamos pareceres acerca de fútbol, sobre los jugadores argentinos, luego me acerco al diariero que me alcanza el diario sin que se lo pida. Al acercarme a la granja (bar) donde me tomo mi desayuno al sol, soy recibido con una sonrisa de Karina, la camarera peruana, que tolera que vaya a por mis croissants a la panadería de enfrente.

Luego con mi croissant, mi café con leche y mi diario, me siento en una mesa al sol, y aunque muchos parroquianos ya me conocen, por lo tanto no soy extraño, estoy solo, mis dialogos hasta ahora han sido amables pero cortos y por cosas concretas.

No es una sensación incómoda, me siento cómodo, reconocido pero hasta ahí, debo aceptar que no soy una presencia molesta pero si ajena al resto, como me son ajenas las historias de los demás. Pienso que el inmigrante debe aceptar y convivir con esos sentimiento, ajenidad y soledad, aunque ya tenga incorporados nuevos hábitos y sena alguien para los demás, pero ese ser alguien para los locales aunque sea con respeto, será también con distancia.

El inmigrante no puede exigir más porque por  más que se esfuerce, el nacional no puede dar más ya que los locales no comparten una historia con el inmigrante como el inmigrante no comparte una historia con el local”.

FUENTE: “Migración y Desarraigo”. Roberto M. Goldstein