Para tratar de ciertos temas lo mejor es dejar la originalidad a un lado y exponer los hechos, solo los hechos y nada más que los hechos, con la esperanza de que tengan el poder de hablar por sí mismos y que presentarlos de esta o aquella manera resulte innecesario.

Esta es, precisamente, mi intención respecto a los casos que me propongo comentar. Solo me permitiré llevar a cabo una pequeña asociación, por lo demás muy fácil de comprender. Y es que en el calvario de la activista pro-migración Helena Maleno y el de los tres bomberos sevillanos procesados en Grecia, protagonistas de este artículo, veo una cuestión común que podríamos llamar de “marketing del poder” o, tal vez, “publicidad gubernamental”.

Me explico: Helena Maleno, como a estas alturas resulta del dominio público, es una investigadora y activista pro-migración que ha llevado a cabo durante muchos años una importante labor humanitaria, sobre todo por medio de la ONG Caminando fronteras. En los últimos tiempos había realizado numerosas denuncias acerca de las políticas europeas y españolas para refrenar la migración de personas procedentes de África. La esencia de tales políticas consiste en impedir que esas personas lleguen a cruzar las aguas territoriales españolas y, por tanto, que logren alcanzar nuestras costas. Para ello, según Helena Maleno, las autoridades españolas habrían pactado con las de otros países, como por ejemplo Marruecos, medidas de intervención represiva que se estarían aplicando en los territorios de esos otros países y que servirían para obstaculizar su paso, forzar la interrupción de los trayectos con destino a España.

(Si me veo obligado a utilizar incisos como ese de “según Helena Maleno” no es, ni mucho menos, porque sus afirmaciones no me parezcan plausibles. Al contrario, creo que presentan los rasgos habituales de lo que, en ciertos temas, acaba demostrándose como cierto: dan idea de una realidad retorcida, de perfiles muy oscuros y donde la persona que nos habla nada tiene que ganar y sí mucho que sacrificar y arriesgarse. No, eso de “según afirma tal o cual persona” es la manera aceptada para evitar pringarse con afirmaciones acusatorias de las que se tiene una certeza emocional pero no, digamos, judicial. Por otro lado ¿qué os ha parecido el eufemismo que he empleado después, medidas de intervención represiva? ¿A que me ha quedado fino? El mérito no es mío, tengo de donde tomar estas lindezas estilísticas: personas y sociedades enteras vivimos cercadas por el uso de palabras que quieren decir otra cosa).

Pero bueno, hablábamos de Helena Maleno. Sus acusaciones públicas y su mismo trabajo de asistencia a las personas migrantes en peligro de muerte vienen a suponer una muy mala prensa para las autoridades: es la “publicidad gubernamental” a la que me refería al comienzo de este artículo. ¿Veis ahora por dónde voy? Pues sí, tan básico como eso: a una posible corriente de opinión negativa han querido contestar con otra. “Quien golpea primero, golpea dos veces”, debieron pensar, y en un momento estaba armada una campaña en contra de la activista. Esa campaña ha adoptado, además, la forma de una especie de venganza: impulsar su procesamiento por tráfico ilegal de personas. La acusación se basaría en las llamadas de auxilio que Helena ha estado realizando sobre la presencia de grupos de personas migrantes en aguas del Estrecho. Imaginemos la situación: una patera cargada con hombres, mujeres y niños flota a la deriva en el mar; ha sido abandonada por los mafiosos o alguna corriente la ha desviado de su ruta. Una de las personas cuya vida, en ese momento, corre grave peligro consigue llamar a Helena; tiene su número gracias a la intensa labor de salvamento y asistencia que la activista lleva a cabo desde hace años. Ella escribe de inmediato en su facebook un aviso dirigido a Salvamento Marítimo. Gracias a ese mensaje y la preocupación constante de la activista, las personas de la patera son rescatadas. ¿No debería ser su trabajo reconocido, recompensado? Sí, y de hecho lo ha sido. Helena Maleno ha recibido numerosos premios a nivel internacional, así como agradecimientos públicos y, sobre todo, según ha podido saberse, privados. Porque aquellas personas cuya vida ha cambiado gracias al trabajo desinteresado de una persona o una organización (en este caso Caminando Fronteras, pero lo mismo valdría decir de cualquier otra de las que dedican sus esfuerzos diarios a luchar por los derechos humanos) nunca lo olvida, no puede ni quiere olvidarlo. Testimonio de ello queda en la cuenta de facebook de la activista, donde numerosas personas han querido rendirle su particular homenaje y mostrarle su apoyo.

La autoridad judicial española encargada del supuesto no encontró indicio alguno de delito; ahora, por una curiosa coincidencia (el sarcasmo es mío), las autoridades marroquíes han iniciado contra ella un proceso basado en las mismas acusaciones. Llegamos al que, en mi opinión, es el núcleo del asunto. Aparte del sinsentido de pretender que una persona conocida por su labor humanitaria es, en realidad, una peligrosa colaboradora de las mafias asesinas de la migración, resulta curioso el efecto inmediato del procesamiento de Helena Maleno: un montón de titulares cuya formulación general, a salvo algunas excepciones, ha sido algo como “la activista Helena Maleno juzgada por tráfico de personas”. Claro que quien leyera el artículo comprendería que se trata de una acusación extraña e improbable; pero la información que tenemos en cuenta para construir nuestra perspectiva de la realidad se compone de gruesos y breves titulares, no de largos contenidos explicativos en letra pequeña. En resumen, opinamos según lo que nos dicta la propaganda.

Aunque de comienzo muy diferente, el caso de los tres bomberos de Sevilla ha adquirido un desarrollo de inquietante similitud con el anterior. Manuel Blanco, Julio Latorre y Enrique Rodríguez decidieron emplear su tiempo y dinero en acudir durante unos días a Grecia en calidad de expertos en salvamento. Eran los peores momentos de la llamada “crisis de los refugiados sirios” (¿nos acordamos?) y ellos pensaron ser capaces de aportar algo de ayuda en el rescate de las miles de personas que llegaban, desesperadas, a las costas griegas. Salvaron la vida de muchas de ellas. El gobierno griego pide ahora su condena a diez años de prisión. ¿A que no adivinan por qué delito? ¡Acertaron! ¡Favorecimiento de la inmigración ilegal! ¿Algún parecido con los cargos contra Helena Maleno? (No le den muchas vueltas, la respuesta es que sí).

¿Por qué ese empeño en que el trabajo de las personas y las organizaciones pro-migración parezca delictivo? Ya he adelantado mi respuesta: publicidad. Si en un titular, o mejor si son muchos, se consigue unir el nombre de una persona o una asociación con un delito del Código Penal, se habrá logrado que una parte de la opinión pública, esa que no pasa de los titulares, crea a pies juntillas que persona y delito son uno. Quien dice la persona, dice también su causa. La simplificación estará servida. El empeño, según lo llamaba hace un momento, es intentar que quienes trabajan a favor de los derechos humanos aparezcan identificados con lo criminal.

Que la política de unos gobiernos consista en rechazar la realidad de la migración de personas e intentar impedirla resulta, ya de por sí, deprimente; que para lograrlo pretendan (y consigan, al menos en ocasiones) usar los mecanismos que permiten a cualquier empresa colocar sus productos a base de crear arbitrarias asociaciones de ideas es demencial y enervante. Del mismo modo que una marca de ropa determinada queda unida en nuestro pensamiento a la ilusión de la elegancia, campañas como las que ahora padecemos pretenden que una persona, su labor, su trabajo en favor de la empatía y de los cuidados que las personas nos debemos unas a otras queden criminalizadas, manchadas por la sospecha o la directa acusación de haber hecho algo terrible. Solo nos queda desear que no lo consigan; que Manuel, Julio y Enrique sean absueltos, y que Helena Maleno deje de ser perseguida por llevar a cabo una labor de activismo humanitario.

(Por cierto: que Helena Maleno está siendo perseguida no lo dice ella misma, es una afirmación de parte de la prensa nacional e internacional, de asociaciones humanitarias y figuras políticas (no muchas, ni de todos los partidos, claro). Las autoridades españolas, marroquíes y griegas quizá vean esa caracterización de sus propios actos, el decir que se han dedicado y dedican a perseguir a alguien, como una exageración o incluso una calumnia. Bien podrían invocar su derecho a la presunción de inocencia: el mismo que esas autoridades no han querido reconocer a los y las activistas juzgados, cuyos actos desinteresados y ejemplares presentan como crímenes. Es el mundo al revés, ¿no os parece?)

 

Javier Sánchez Lucena