Hace un tiempo hice una reflexión, que me gustaría compartir, sobre el género fantástico (englobando en él otros subgéneros como la ciencia ficción o el terror). Este es el género natural de las historias porque siempre la ficción supera a la realidad y la imaginación vuela a cien mil revoluciones por segundo.

Nuevos mundos, seres y dimensiones. Nuevas culturas y filosofías de vida. Posibles e imposibles. Eso es lo que nos ofrece la ciencia ficción y la fantasía: una ventana abierta a cualquier posibilidad.

Si algo tienen en común Narnia, La Tierra Media, o el universo de Star Wars es que hay un sinfín de formas de vida inteligentes que conviven entre sí, de una forma más o menos pacífica dependiendo del caso. También existe un elemento transversal a todas ellas, algo más sutil que suele influir en las tramas de estas películas o libros. Cada especie o raza (creo que sí vendría al caso el término “raza” aquí) de las que aparecen en estas historias están muy delimitadas en cuanto a sus características personales: los elfos son sabios y justos, aunque vengativos, los enanos torpes, testarudos y alegres, los klingons fieros y honorables, etc.

Normalmente a los seres protagonistas de estas historias se les permite salirse de lo socialmente establecido para su condición, pero suele parecer más un hecho anecdótico de un ser  extraordinario que una posibilidad de cambio para sus iguales. Bilbo Bolsón es un hobbit hogareño, aburrido y despreocupado por los problemas del mundo, como el resto de sus iguales, que eventualmente es convencido por un grupo de tercos y alegres enanos para emprender una misión tan emocionante como peligrosa: recuperar un enorme tesoro custodiado por un dragón.

Este es un ejemplo, entre muchos otros, de cómo las artes narrativas, el cine y la literatura, asignan arquetipos raciales a sus personajes fantásticos (sumados a los propios estereotipos de género, presentes en el resto de clasificaciones cinematográficas y ámbitos sociales). De la misma forma que, por ejemplo, todos pensamos que los faunos de Narnia son leales y amables, en el mundo real reducimos a estereotipos a aquellas personas a las que consideramos diferentes por su lugar de origen, color de piel o cultura.

Los negros son muy sucios”, “los ‘moros’ son irrespetuosos”, “las ‘sudamericanas’ son muy educadas”, “los chinos, trabajadores”, son solo algunos ejemplos de un largo etcétera de estereotipos (negativos y positivos) y prejuicios sobre las personas de diferentes países y culturas con las que coexistimos aunque sin llegar a convivir. Estos ejemplos son anécdotas muy suaves de las ideas preconcebidas que existen sobre el fenómeno de la inmigración: “Los inmigrantes vienen a robar y a vaguear”, “no son gente de fiar”, “viven de las ayudas sociales” y muchas otras falsas afirmaciones sobre las personas extranjeras, por el simple hecho de serlo, sin tener en cuenta origen, historia, costumbres, religión, lengua y toda la larga lista de elementos que conforman una cultura.

Sin embargo hay una cura para este mal. Bilbo no paraba de quejarse por el carácter supuestamente innato de los enanos y de sus cualidades, que tanto le molestaban, pero aprendió a valorar todo lo bueno que había en ellos de la única forma válida para conocer a los demás: aprendiendo a convivir.