Hay estímulos visuales de tal contundencia que su impacto es capaz de hacernos tomar conciencia inmediata de una realidad en la que nunca o casi nunca habíamos pensado y que va más allá del pequeño mundo domesticado que nos circunda. Imágenes tan terribles como la del niño sirio ahogado en una playa turca han servido para que gran parte de los habitantes de Europa nos paremos a pensar en esa realidad que trasciende nuestras fronteras y nuestro día a día. Quienes más y quienes menos hemos visto en este niño a un hijo, a un nieto, a un sobrino…, a cualquiera de esos otros niños y niñas desconocidos que juegan y ríen cada día a nuestro alrededor y miran hacia el futuro que les aguarda lleno de posibilidades. Hemos sido capaces de ser empáticos, de sentirnos por un momento madres y padres, familiares o vecinos de ese niño cuya sonrisa y cuyos sueños duermen para siempre en el fondo del mar. La imagen del niño sirio es una bofetada de realidad que ha zarandeado nuestras conciencias y nos ha metido en la piel de los seres humanos desconocidos que huyen de aquel país lejano. A través de ellos, de su tragedia y de su diáspora desesperada, hemos imaginado el dolor de la guerra y la impotencia y calamidades que conlleva tener que abandonar tu tierra y dejar atrás tu casa, tu historia y las ilusiones proyectadas hacia un mañana que ya no nos espera, porque ha sido destruido por las bombas.

                A raíz del shock visual del niño ahogado en la playa turca de Bodrum, a lo que debemos sumar, entre muchas otras imágenes, las de la vergüenza inhumana vivida en la frontera húngara (soldados lanzando comida a una multitud hacinada tras una valla, la desalmada reportera que zancadillea a una niña o un padre con su hijo en brazos…), muchas personas en nuestra sociedad hemos alzado nuestras voces, en la calle o en las redes sociales, para clamar contra la injusticia y la crueldad de un mundo capaz de generar instantáneas de la realidad tan absolutamente insoportables como estas. No recordamos en los últimos años un apoyo ciudadano tan decidido y multitudinario en favor de cualquier otro flujo migratorio, motivado por las causas que fuesen. Sin duda el poder de las imágenes ha tenido un papel muy importante en el surgimiento de este clamor popular que pide un trato digno, una reparación y una oportunidad para esos miles de refugiados. La mayor parte de los gobiernos europeos han recogido esta demanda ciudadana, lo que los ha llevado a tomar cartas en el asunto y decidir que esta vez no mirarán (no miraremos) hacia otra parte; otro asunto será comprobar hasta dónde llegan todas estas buenas intenciones y cuál será el alcance final de la onda expansiva del espíritu humanitario del viejo continente. Gobiernos que, no lo olvidemos, son la imagen, el reflejo y la consecuencia de los pueblos, plurales y soberanos, a los que representan. Ni más ni menos. Europa, mientras la mayoría de sus estados miembros preparan aprisa una habitación en casa para los inesperados visitantes, ha mostrado la intención de querer estar a la altura de los acontecimientos convirtiéndose en una tierra de acogida. Qué menos, cuando gran parte de la responsabilidad de lo que ocurre en otras partes del mundo es resultado de nuestros actos y modos de vida. Tenemos, por lo tanto, el deber de actuar sobre las causas, pero también sobre sus consecuencias. Nos toca reflexionar y hacer un esfuerzo en ambos sentidos.

En Córdoba Acoge, donde trabajamos desde 1991 para tratar de dar la cobertura adecuada a un fenómeno tan importante y definitorio de nuestro tiempo como es la migración, queremos creer que la conciencia colectiva surgida en Europa a raíz de la tragedia siria va a contribuir a que seamos capaces de sentir la misma empatía hacia cualquier otra persona que abandona su tierra por voluntad propia u obligada por las circunstancias. Las causas que nos impulsan a los seres humanos a emigrar en busca de una segunda oportunidad en otro lugar del mundo (un lugar que se muestra a menudo hostil hacia quien llega) son dispares pero, en cualquier caso, deberían ser respetadas y merecer el mismo grado de comprensión, humanidad y solidaridad dispensadas al pueblo sirio. Hemos logrado meternos en la piel de esos miles de refugiados hasta llegar a entender su tragedia, sintiéndonos responsables de su acogida. ¿Seremos capaces de comprender de la misma manera las causas que mueven a cualquiera (a ti o a mí, nunca se sabe) a buscar en otro lugar la posibilidad de una vida mejor o, simplemente, de una vida digna? ¿O seguiremos necesitando imágenes terribles que nos abofeteen y nos zarandeen para volver a despertarnos del profundo sueño de nuestra indiferencia?

Siria