La crisis global provocada por el contagio del covid-19, que está afectando de manera muy significativa a la sociedad occidental desarrollada, ha lanzado al aire numerosos interrogantes acerca de nuestro futuro inmediato. En este panorama de honda incertidumbre surge una gran oportunidad para fomentar la convivencia desde una perspectiva intercultural, diversa y solidaria.

Mientras que prácticamente todas las naciones del planeta luchan a marchas forzadas contra una situación inédita en el actual contexto global, tratando de dar una respuesta contundente, rápida y efectiva a la expansión del contagio y a la atención a sus víctimas, son muchas y muy profundas las dudas que se plantean sobre el mundo que nos encontraremos cuando tengamos que volver a la normalidad. La sola idea de “vuelta a la normalidad” nos traslada a un escenario de gran incertidumbre. ¿A qué normalidad nos estamos refiriendo?, ¿regresaremos, sin más, a la realidad de la que el coronavirus nos arrebató o a otra muy diferente?, ¿nos encontramos en el umbral de transición hacia un nuevo paradigma mundial? La incertidumbre se cierne sobre la economía y sus modelos teóricos, sobre las formas de estado y el mapa de las relaciones internacionales, sobre el nivel de compromiso que estará dispuesto a asumir el ser humano para preservar la vida en el planeta, o sobre el panorama de las libertades individuales y colectivas después del covid-19, por citar solo algunas de esas interrogantes que nos asedian mientras mantenemos el confinamiento doméstico.

Como ya ha sucedido en cualquier otra época de grandes incertidumbres, se vuelve a presentar ante la humanidad un periodo de enormes retos y oportunidades. Por lo cual este debería convertirse también, ¿por qué no?, en un tiempo para fomentar otro enfoque en las relaciones interpersonales, basándolas en la convivencia real y enriquecedora -esa que va mucho más allá de la mera coexistencia pacífica-, en el respeto a las diferencias, y en la solidaridad de todas las personas que formamos parte de una misma sociedad. El covid-19 nos puede enseñar mucho acerca de cómo potenciar otro modelo de ciudadanía que nos resulte válido y útil para afrontar estos retos, convirtiéndolos en oportunidades de éxito.

Unidad contra la pandemia: el bando de las personas.

Uno de los mensajes capitales lanzado desde todas las instancias es el de la necesidad de afrontar la crisis sanitaria a partir de la unión, sin fisuras ni oportunismos, como única fórmula para poder superar la pandemia. Este mensaje de unidad se sirve, con mucha frecuencia, del lenguaje castrense: la “guerra” del ser humano contra el covid-19. Sin querer entrar a valorar la conveniencia en el empleo de este tipo de lenguaje, nos apropiamos de la idea que propone, según la cual en la situación actual existen únicamente dos bandos: el de las personas y el de la enfermedad. A lo largo de nuestra historia reciente, y no tan reciente, se han presentado muy pocas ocasiones como la actual para proyectar una imagen de la humanidad definida como un todo, más allá de las diferencias existentes en su seno, que ha de permanecer unido para alcanzar una meta común. Esta visión unitaria resulta especialmente llamativa si la contrastamos con el clima de confrontación, división y fricción permanente en el que se bate el mundo contemporáneo a todos los niveles –políticos, sociales, ideológicos… Volviendo al lenguaje bélico: hoy ese enemigo que nos une, reforzando nuestro sentimiento grupal, y que nos confiere el valor necesario para avanzar hacia la victoria, no está representado por otras personas, sino por algo que nos afecta a todas por igual –aunque ya sabemos que siempre habrá a quienes los infortunios golpeen con mayor virulencia.

Desde casa, en estos momentos, y mañana en la calle, cuando haya que recuperar esa normalidad incierta o construir una nueva realidad, deberíamos ser capaces de no abandonar este espíritu de tribu global, recordando que si queremos vencer a la enfermedad y a sus secuelas nuestro bando es, y debería seguir siendo, el de las personas. Si la unión se torna fundamental para superar la pandemia, lo será igualmente, o quizás más, para volver a poner en marcha el mundo. ¿Seremos capaces de aprovechar esta oportunidad para convivir, aceptando y aprovechando la riqueza que aportan nuestras diferencias? ¿Habremos aprendido esta lección que nos enseña la pandemia?

Una vacuna llamada empatía.

Otra de las valiosas enseñanzas que nos deja la pandemia provocada por el covid-19 es la necesidad de edificar un nuevo escenario de relaciones sociales a partir del desarrollo de nuestra capacidad para comprender la realidad de otras personas. Se nos presenta la oportunidad de avanzar hacia una convivencia enriquecida por diferentes visiones y circunstancias personales. El padecimiento de la enfermedad, el miedo al contagio, los estragos del confinamiento, las penurias presentes y la incertidumbre futura… implican situaciones difíciles, que deberemos aprender a gestionar desde el punto de vista emocional si queremos salir adelante. Estas situaciones nos emparentan con esos millones de personas que, por diferentes razones, viven circunstancias indeseables que las obligan a abandonar sus hogares y sus países para buscar un futuro posible en otro lugar de la Tierra. Personas que al padecimiento de esta pandemia común suman sus particulares “epidemias” –la guerra, la violación de derechos, la violencia, la pobreza…, esas “enfermedades” antiquísimas, muy contagiosas y para las que no se ha encontrado vacuna hasta la fecha-, contra las que luchan en un empeño descomunal por sobrevivir. Aprendamos de ellas, de su fortaleza y de su espíritu de superación, hagamos el esfuerzo de meternos en sus zapatos para llegar a entender, o tan solo imaginar, el tamaño de su sufrimiento y de sus legítimas aspiraciones. Hoy, quienes hemos nacido en este lado amable del mundo, nos parecemos un poco más a todas esas personas que, sobreponiéndose a los más duros reveses, hacen lo posible y lo imposible para lograr vivir con dignidad.

La empatía, o capacidad para identificarse con los demás, representa una “vacuna” de contrastada eficacia para erradicar conductas que promueven el odio, que discriminan, dividen, y debilitan a las sociedades. Recuperando el símil bélico, esta crisis sanitaria es lo más parecido a una guerra que la inmensa mayoría de personas en el primer mundo hemos vivido y, ojalá, vayamos a vivir. Salgamos indemnes de ella, levantémonos y avancemos habiendo aprendido las enseñanzas que nos quiso dejar la pandemia, esas que nos deberían servir para edificar un futuro mejor sobre las ruinas de la incertidumbre presente.

Enrique Garcés Blancart, Presidente de Córdoba Acoge.