Todas las personas que conozco tienen sus rutinas. Se trata de modos más o menos prácticos de hacer las cosas, de cumplir las obligaciones o de darse pequeños gustos. Se comienza a hacer cualquier cosa de un modo determinado y, cuando quiere uno quiere darse cuenta, resulta que ya tiene una costumbre. Prácticamente todas las semanas acudo a la oficina de correos. Aparco el coche en una avenida cercana, donde suele haber sitio. Después, hago mis copias y, con los sobres bajo el brazo, camino el trecho de unos diez minutos hasta la oficina de correos más próxima. No siempre es un paseo agradable. A veces tengo otros recados que hacer, formalidades, compras, visitas, llamadas, y las agujas del reloj parecen correr en contra de mi propósito de cumplir con todos.

La última vez que tuve que hacer ese trayecto, en cambio, pude emprender el breve camino respirando con tranquilidad. Primero unas cuantas calles, color cemento. Un parque minúsculo haciendo esquina, en cuyo cuadrado apenas suficiente se aprietan las ramas de algunos arbustos y árboles raquíticos y las formas coloridas de toboganes   y otros juegos infantiles. En aquel momento estaban tomados por un grupito de adolescentes que bromeaban y chillaban, formando un círculo y haciendo un enorme e inútil esfuerzo para que no se notase lo que estaba ocurriendo en su interior.

Después la carretera, en la que hay que estar muy atento para cruzar porque los coches, las motos y autobuses pasan a gran velocidad. Más allá del semáforo, un puente gris sortea las vías del tren. Una y otra vez, manos desconocidas escriben en las paredes también grises que se alzan a ambos lados del puente mensajes más o menos comprensibles. Luego, otras manos anónimas intentan borrar las letras dibujadas con espray. Como resultado, esas paredes están cubiertas de pintadas cuyas líneas muestran diversas intensidades: las hay que casi parecen recién hechas y otras ya muy desleídas, como la imagen de un objeto tirado en un lago que viéramos hundirse lentamente en el agua.

No suelo fijarme en el contenido de las pintadas. Cada vez que cruzo el puente, solo soy capaz de recordar la escena de Paris, Texas, la película de Wim Wenders, en la que el protagonista camina por otro muy parecido solo que mucho más largo, casi interminable, que atraviesa el espacio sobre el tráfico de una autopista. A lo largo de todo ese trayecto le vemos avanzar mientras escucha los gritos e imprecaciones de un pobre loco que amenaza a la humanidad con su propia debacle. En cambio, este último día que pasé por allí una de las leyendas de la pared llamó mi atención. En letras grandes, regulares y de color azul intenso, la pintada decía: “IGNORANCE Your new best friend?” (IGNORANCIA ¿Tu nuevo mejor amigo?)

Terminé de cruzar el puente, fui a correos, entregué mi sobre. A la vuelta tuve que hacer unas compras en el supermercado. Durante todo aquel rato, la frase del puente y su significado planearon sobre mi conciencia. Las palabras que la componían, igual que una semilla de violento fruto, daban lugar a ideas que crecían como raíces y ramas nuevas en mi pensamiento.  No acierto a explicarlo de otra manera. Una comunicación se había establecido entre el autor o autora de la frase, su inscripción en forma de pintada y yo; mi archivo particular de despropósitos encontró bastante que responder al llamado que el mensaje incorporaba. Porque son muchos los ejemplos que pueden encontrarse de que la ignorancia, efectivamente, se extiende como un virus dañino, tal vez el más peligroso que la humanidad haya conocido. Hace escasas semanas, varios millones de norteamericanos decidieron elegir a un fascista como presidente de su gobierno; acaso lo más desconcertante desde aquel momento haya sido comprobar cómo muchas de las cosas que este individuo ha ordenado hacer vienen practicándose en nuestro entorno desde hace tiempo, sin que los observadores internacionales hayan elevado grito alguno de denuncia al respecto. Vallas compuestas a base de cuchillas, en lugar de un muro; pelotas de goma disparadas a inmigrantes náufragos desde una playa de Andalucía; declaraciones políticas de dudosa humanidad. Ministros y ministras eluden el hecho de que, tras el sustantivo que utilizan para referirse a todas las personas que están en una situación determinada (verbigracia, “refugiados”) hay realidades muy diversas, todas desesperadas: necesitadas de ayuda, de comprensión y no, como ellos prefieren, únicamente de cautela y rechazo.

Son muchos los signos de que la política acerca de inmigración de nuestro país y otros del entorno resulta bastante parecida a la que ese presidente norteamericano, entre gesticulaciones de clown, lleva a cabo en las pantallas de nuestros televisores. Sin embargo, en las últimas elecciones, millones de ciudadanos y ciudadanas españoles decidieron ofrecer a ese grupo de políticos la oportunidad de seguir aplicando su “mano dura”, no solo en contra de personas procedentes de otros países, sino también de estudiantes, artistas, votantes de partidos distintos o cualquier otro que, sencillamente, quiera mostrar su disconformidad con lo que se está haciendo por medio de una manifestación. Pretenden ponernos una enorme, apretada mordaza. Todo lo que podemos hacer, además de seguir manifestando nuestra oposición a ese conjunto de actitudes y medidas, es lanzar nuestras dudas a quienes parecen conformes con la situación y todas sus probables consecuencias. Esas dudas muy bien podrían adoptar la forma de la pregunta que encontré, por pura casualidad, escrita en la superficie gris del muro de protección de un puente: “IGNORANCIA ¿Tu nuevo mejor amigo?”

 

Javier Sánchez Lucena