Hace unas semanas, una de las personas migrantes rescatadas en el Mediterráneo hizo una declaración a un periodista. El hombre afirmó que cada migrante había pagado a la mafia organizadora del trayecto la cantidad de 2000 euros. Fiel a los principios de mi formación en aritmética y consumismo, hice un rápido cálculo: 2000 euros, por sesenta y dos personas rescatadas en este caso concreto hacen un total de… ¡124.000 euros! Un momento, había varios niños y niñas pequeñas, eso puede restar… Aunque también algunas mujeres embarazadas, que quizá debiesen pagar algo más… Bueno, dejémoslo en 120.000, para redondear.

120.000 euros por dejar a la deriva y en peligro de muerte a un grupo de personas, si perteneces a una mafia que trafica con ellas y los remordimientos de conciencia no son tu problema, resulta un buen negocio. Si eres un político de derechas, español o de algún otro país europeo con una tendencia contraria a la migración, como Italia o Hungría, también te conviene. La existencia de migrantes te permitirá hablar de “invasión” y de “avalancha”, las palabras mágicas para mantener a tus votantes atrincherados en su temor, en su ignorancia y su rechazo a lo que no conocen y, por tanto, fieles a tus mensajes y tus directrices. 2000 euros es lo que vale una vida humana para los traficantes de personas. Haciendo un pequeño juego matemático y simbólico, podríamos cifrar en esa cantidad lo que vale para los partidos antiinmigración el voto de cada uno de sus electores. Aunque, en realidad, ese voto supone mucho más: es la llave que facilita el acceso al poder, a la amistad de la alta clase empresarial, a la riqueza y la impunidad por los delitos. Una persona migrante rescatada, retenida y luego repatriada equivale para estos políticos, en términos de miedo generado y con rédito electoral, al apoyo de un pueblo pequeño de cualquier comunidad autónoma.

Ese miedo electoralmente rentable es la razón directa de las políticas sobre migración —en contra de ella, valdría más decir— de los partidos conservadores, reaccionarios o directamente fascistas. En la economía de mercado que nos oprime, y que pasará a asfixiarnos si gobiernan de nuevo esos partidos, un ser humano queda reducido a una variante numérica que luego habrá que cuadrar en los libros contables, sean estos de los que pueden enseñarse o de los que no. Las personas migrantes son siempre, además, un número indeterminado: llegan en “oleadas” o protagonizan una “ocupación” de nuestras costas. Es la burda manipulación de siempre, fácil de desmontar pero de germinación muy rápida en las cabezas abonadas para ello: los migrantes llegan, igual que los alienígenas en una película americana de ciencia ficción, a quitarnos lo que es nuestro, a suplantarnos. Como buenos extraterrestres usurpadores no merecen sino el trato más hostil, la reacción de rechazo más violenta.

Llegadas, recepciones: cómo cambia el significado de esas palabras en función del contexto en el que hablemos. Si se trata de un jugador de fútbol, por poner un ejemplo típico, su llegada se produce entre expectación y rumores acerca de la cuantía de su salario y sus resultados en los últimos partidos con su anterior equipo. La recepción que se le dispensa consiste en honores y titulares en los medios. Si quienes se acercan a nuestras costas son un grupo de personas migrantes en una embarcación precaria, su recepción consistirá, en el mejor de los casos, en el tirón que de sus manos darán los agentes de la guardia costera o de la guardia civil que las rescaten, y su llegada se documentará en un atestado con vistas al posterior expediente de repatriación. Contarán, eso sí, con sus propios titulares: los que hablan casi cada día de estos esforzados y, a veces, mortales desembarcos y luego pueden ser utilizados por los partidos de derechas para apoyar su argumento de la invasión cuasi-alienígena antes referida.

Recepciones, llegadas. El protocolo de actuación en caso de migrantes menores de edad consiste en un examen físico a cargo de los equipos forenses adscritos a los juzgados competentes. Estos equipos determinan la edad de las personas migrantes según diversos indicadores de naturaleza, al parecer, estrictamente físico: tamaño de la muñeca y de la mandíbula, desarrollo de la zona pélvica y de los genitales. Niños y niñas cuya documentación en regla y perfectamente legal los identificaba como menores de edad han sido clasificados como mayores, con la diferencia de trato que esto supone, solo en función de las conclusiones de esos informes médico-forenses. Menores repatriados sin consideración, además, a la llamada “variable transcultural”, que determina la existencia de importantes diferencias en el grado de maduración del carácter en función de la educación recibida y otros factores sociales presentes en su lugar de origen. Una variable que tendría que imponer la necesidad de que una persona fuese tratada como menor aunque por su fecha de nacimiento ya no lo sea según nuestra normativa.

También hay, por supuesto, otra cara de la recepción a las personas migrantes: la de quienes se esfuerzan por socorrerlas y logran que algo del miedo acumulado durante su travesía los abandone por fin. Personas voluntarias pertenecientes a asociaciones y ONG’s, integrantes de los grupos de rescate y de los servicios sanitarios que entregan ropa seca y artículos de primera necesidad, que incluso encuentran tiempo y energía para prestar oído a quienes acaban de llegar, ateridos de frío y aún con la incredulidad de haber salido con vida de la triste odisea de su viaje, sin aventuras ni mitología posible. Rostros amigables en lugar de ceños fruncidos; gestos de ayuda en vez de puños cerrados, amenazantes y discursos acerca de todo el mal que las personas migrantes pueden hacernos: esa es la recepción que deberíamos hacerles, así es como deberíamos saludar su llegada. Tenemos que asumir que los flujos migratorios son un fenómeno normal en la situación política y humana causada por la prepotencia y la avaricia de algunos países, también una consecuencia lógica e inevitable de la explotación cometida con otros, a los que después se ha abandonado a su propia suerte, a su pobreza y sus guerras internas. El mundo es un avispero, pero no habría tanta violencia en su interior si unas manos no lo agitaran con fuerza cada tanto tiempo, según las conveniencias de su ansia de poder y su interés económico.

 

Javier Sánchez Lucena